miércoles, 1 de agosto de 2012

¡Pregúnteme!

Ha llovido demasiado como para que no nos pregunten...
Estimado Legislador,


Esta mañana, en puertas de uno de los veranos más tristes de nuestra historia reciente, reflexionaba una vez más sobre lo que nos ocurre y una vez más concluía que son tantas cosas que resulta difícil conformar una única idea general y mucho menos una solución de Fierabrás. Sin embargo, hoy le escribo para trasladarle una sola preocupación que me atormenta y que a continuación intentaré exponer.


Es ya de dominio público que este país atraviesa graves problemas, estamos en un momento clave en el que sin duda debemos afrontar un dilema similar a la cuadratura del círculo. Simplificando podemos decir que carecemos de una estructura industrial que nos permita generar ingresos y absorber empleo y por otro tenemos un exceso de gastos que nos lleva inexorablemente a la bancarrota ya que nos impide invertir en investigación para construir la estructura económica necesaria. El círculo vicioso está por tanto claro y por supuesto, nada más lejos de mi intención que hacerle a usted culpable de toda su ominosa circunferencia, no se trata ya tanto de buscar culpas como de encontrar soluciones, dejemos entonces de lado el tema de las desdichadas gestiones políticas que nos han llevado a no disponer de ingresos y centrémonos en el soporte legislativo que ha permitido que gastemos tanto y malgastemos más.


Usted se enfrentó en 1978 a un reto histórico, construir una Constitución que anclase los cimientos de una democracia creíble y resistente a la inefable querencia hispana al ordeno y mando. Es más, en este caso, a diferencia de las débiles bases legales de nuestra economía insostenible, usted sí puso empeño y sabiduría para conseguir que esta Ley Fundamental fuera sostenible en el tiempo -disculpe la reiteración pero como bien sabrá la sostenibilidad, no reconocida por mi corrector ortográfico, está en boga y yo soy muy de ironizar con ella -. Esto no es criticable y le agradezco el esfuerzo,  lo que no es óbice para que hoy me permita reprenderle, usted ha perdido el Norte hace tiempo y con la inestimable ayuda de algunos medios de comunicación ha logrado confundir lo sostenible con lo permanente. Nada es inalterable, Sr. Legislador, ni siquiera un marcador de fútbol aunque algunos comentaristas se empeñen en afirmarlo domingo tras domingo.


Usted, en efecto se ha creído que nuestra Carta Magna es eterna, quiero creer que lo ha creído porque en caso contrario creería que su empeño en hacérnoslo creer sería perverso. Pues no, Sr. Legislador, nuestra Constitución no es omniscia, ni infalible, ni mucho menos, garantía de salud democrática. Como le decía al comienzo, esta mañana me he dado cuenta de algo que me ha hecho reflexionar. ¿Sabe usted que el 65% de la población española no tuvo nada que ver con su elaboración o refrendo? Yo pertenezco a ese 25% de la sociedad que se supone sostiene lo que queda del Estado de Bienestar (aquellos que estamos entre 30 y 45 años, no lo digo yo, lo dicen sus estadísticas) y mi relación con su constitución es muy lejana. Pero no soy el único, todo aquél que sea menor de 52 años no ha tenido jamás la ocasión de opinar al respecto, más allá de emitir un voto cada cierto tiempo para consolidar un sistema que a todas luces está tocado y esto, Sr. Legislador, tiene que cambiar para no hundirlo.


Por todo ello, Sr. Legislador, le insto a preguntarme, no tenga miedo y pergúnteme. Pregúnteme, pregúntenos, si pensamos que el estado autonómico es el mejor de los estados, no se asuste, yo probablemente le diga que sí, que lo sigue siendo, pero si a los demás no se lo parece, habrá que cambiarlo. Pregúnteme si considero necesario mantener más de 8000 municipios, sus respectivas diputaciones y un senado que no representa nuestra territorialidad. Pregúnteme, no tema, en este caso le diré que no, que me parece un derroche sin sentido para un país que pide a gritos integrarse en una supranación llamada Europa. ¿Qué importa si le digo que no y otros muchos comparten la opinión? Se cambia la estructura municipal y ya verá usted como no sucede nada, más allá de liberar recursos en funcionarios políticos y destinarlos a funcionarios públicos, mucho más deficitarios, infinitamente más necesarios e indudablemente menos costosos.


Sr. Legislador, pregúnteme, sólo pregúntenos. ¿No le interesa saber si realmente deseamos mantener con nuestro dinero a la realeza? No se amedrente, yo aún no sé qué contestaría, pero si resulta que la gente contesta que no, que el tiempo de los monarcas salva-patrias ha pasado porque ya somos maduros para hacernos responsables de nuestros actos, imagino que usted hará caso y comprobará que hay muchas más repúblicas que monarquías y que no todas han de ser tan caras como dicen, es cuestión de austeridad ¿No se trata de eso?


Pregúnteme también si creo en nuestro sistema de asignación de escaños y puede que le abra los ojos a otros más justos e igualitarios, se han inventado muchos y otros tantos están por inventar. Pregúnteme por el salario de los responsables políticos, no vacile, tranquilo, no le rebajaré el suyo, posiblemente le diré que me parecen bajos, que quizá por eso roban a espuertas y que su responsabilidad vale  más pero que cuando lo valga, el castigo por defraudarnos deberá ser ejemplar. Pregúntenos cómo queremos que sea nuestra educación, nuestra sanidad, nuestra energía, nuestras infraestructuras, telecomunicaciones o banca. De verdad, no tiemble por posibles respuestas que hagan inasumible su función futura, para cuando debiésemos contestar a estas últimas preguntas, es posible que ya hubiésemos contestado a las anteriores, probable que usted hubiese tomado medidas al respecto y por lo tanto factible que dispusiésemos de recursos para poder convertir nuestros deseos, los de los ciudadanos, sean cuales sean, en realidad.


En fin, Sr. Legislador, que nada es para siempre, nuestra Carta Magna tampoco, deje de engañarse, deje de engañarnos, que esta Constitución es mejorable es un hecho porque en ella se encuentran las raíces de muchos de nuestros débitos. Que esta constitución será modificada es otro hecho, lo único que queda por saber es cuándo y me permito sugerirle que cuanto antes mejor, no vaya a ser que la cosa se pudra y pasemos de una reforma a una abolición.


Confíe en mí Sr. Legislador y pregúnteme, ya verá que no pasa nada, no me haga recordarle el caso francés, seguro que además lo conoce usted mejor que yo... Ahora que lo pienso, si sabe usted tanto ¿no será que de verdad me está mintiendo? No importa, pregúntenos, no se inquiete, probablemente el grado de embrutecimiento que tanto se han afanado en fomentar en este país haya llegado a tal punto que conseguirá usted que respondamos lo que quiere oír.


En todo caso, se lo suplico... ¡Qué diantre! Se lo ordeno: ¡Pregúnteme! O por lo menos piénselo durante las vacaciones.
Siempre suyo,


Los restos de Un Ciudadano.

viernes, 27 de julio de 2012

Raro

Tan raro como Groenlandia sin glaciares
Escribir puede servir para equilibrar, criticar, elogiar, soñar, evacuar o incluso malgastar el poco tiempo libre que nos queda si no nos dedicamos profesionalmente a ello. Este último caso es el único verdaderamente pernicioso y es el que durante un tiempo invadió mi solitario y caótico proceso de reflexión creativa convirtiendo un acto sincero, libre y automático en un camino angosto y embarrado que no dirigía hacia ningún lugar.

Podría achacar la mediocridad efímera de los soliloquios que perpetré a comienzos de año a la excesiva carga alcohólica del periodo navideño y posteriores festejos eneriles - ¿Por qué a todos les da por celebrar sus cumpleaños en un mes que debiera estar destinado a la introspección monástica?-. Podría también culpar de semejante tedio a la empalagosa sobredosis de compromiso político que colonizó mi vida desde aquella  primavera de 2011 que difuminó mi escala de valores e intereses hasta no parecer más que un resto de tiza en una pizarra borrada al igual que los inútiles procesos electorales posteriores difuminaron cualquier halo de esperanza revolucionaria. Podría esgrimir muchas falsas imputaciones pero lo único cierto es que algún misterioso evento provocó que comenzase a escribir lo que sospechaba podía interesar y durante un tiempo dejé de expresar lo que mi anárquico y turbio ánimo necesitaba expeler. Me dí cuenta un día al premeditar y comunicar sin pudor el contenido de un artículo semanal, el resultado fue algo que no pude publicar y auto-censuré sin piedad porque si no me encuentro yo en lo escrito no puedo pretender que nadie lo haga.

 Hoy todo ha cambiado pero me encuentro raro, siento la obligación moral de preocuparme pero son ya tantos frentes que temo dispersarme y no llegar a profundizar en ninguno de ellos. Raro por saber que la crisis no se terminaba en 2010 ni en 2011 ni mucho en menos en 2012, que todos los políticos, "analistólogos" y sabios en general que lo vaticinaban son una panda de necios cuya formación económica no es muy superior a la nuestra por muchas perogrulladas que escriban o cargos regalados que ostenten. Tanto monta, monta tanto Rato como Salgado, del falso milagro económico a los brotes verdes inexistentes, verdes de vergüenza estamos, tan verdes como el logo del funesto banco.

Raro por descubrir que la crisis no es mundial, o si no ¿por qué China, Brasil o Angola comienzan ya a blindar sus fronteras para protegerse de la emigración europea? Aquí lo que hay es una guerra fría post-moderna en la que un país con una moneda centenaria en decadencia necesitaba hundir la joven moneda de un continente decadente. Aquí lo que hay es una una lucha entre la revolución tecnológica que nos quiere llevar al futuro y el empeño de algunos en perpetuar el pasado con sus sistemas políticos obsoletos. Aquí lo que hay es un fraude burlesco masivo trufado de auto-engaño individual constante.

Raro por no sentir afección por ningún grupo político concreto mientras observo como algunos parecen seguir empeñados en idolatrar a los personajes políticos de sus amores como si de estrellas del Rock se tratasen. Las filias por supuesto van por barrios y las fobias también pero los razonamientos y argumentos del absurdo son idénticos. Unos viven ensimismados con el discurso demagógico de un líder regional, otros lloraron porque nuestros vecinos retiraron a un presidente con tintes napoleónicos, otros, aquí, siguen añorando al anterior o al anterior del anterior y unos pocos depositan sus esperanzas en mini-líderes despechados que no se sabe si van o vienen.

Raro por ver como Groenlandia se funde en cuatro días y al mundo le importa un rábano, raro por volver a leer por enésima vez como una mujer violada en Afganistán necesita protección jurídica internacional para librarse de una muerte segura, raro por ser cómplices de una guerra civil en Siria cuando nosotros mismos, hace no tanto tiempo fuimos también abandonados a nuestra suerte, raro porque uno de los mayores patrocinadores de las olimpiadas sea heredero quien acabó con la vida de miles de personas hace casi 30 años en Bhopal. Raro porque me consta que muchos jóvenes desempleados que no saben nada de deshielos, afganas, dictadores, primas o riesgos siguen dedicando más tiempo y entusiasmo a participar en castings para follar en directo o insultarse en un plató que a dotarse de las herramientas necesarias para redirigir sus vidas.

Raro en definitiva porque cada día se infringe un derecho de los declarados en el 48, porque en navidad no hubo espíritu navideño y en verano no lo hay estival, porque esta maldita crisis creada se ha llevado la ética, los valores y hasta las estaciones. Raro porque me dejé la inocencia por el camino y parece que ahora solo nos queda la fe, la fe que muestran los mercados al escuchar la palabra del señor:
"Se hará lo necesario y eso será suficiente"
Bendita resurrección mercantil. ¡Milagro del señor! (Del Sr. Draghi, claro).

¡Qué tiempo más loco! (Y no lo digo por la tormenta de una noche de verano que hizo que nos mojáramos y riéramos demostrándonos que necesitamos bien poco para ser felices, eso parece normal, aunque puede que también sea raro).


viernes, 20 de julio de 2012

Yonquis

El opio del pueblo es el pueblo
Gran parte de mi vida creí en la fortuna, la fortuna de nacer en una gran ciudad de un país desarrollado, en un entorno diverso y una familia plural cuyos miembros pertenecían mayoritariamente a ese cajón de sastre llamado clase media. Durante mi adolescencia descubrí que los sinsabores de mi niñez no eran relevantes en comparación con las frecuentes desgracias que sufrían todos aquellos que no tuvieron suerte en la pedrea de la concepción, fue entonces cuando decidí cargar sobre mis espaldas la responsabilidad de aprovechar al máximo las posibilidades derivadas de mi propia carambola vital. Pensé que lo responsable era explotar los recursos de que disponía, educarme cuanto más mejor, trabajar cuanto antes mejor, crecer rápido, formar una familia cuando tocaba y seguir creciendo para ofrecerle lo mismo que recibí. Y en esas estoy, como tantos otros, viviendo una vida destinada a construir recursos que mis hijos puedan aprovechar para repetir un ciclo vital de dudoso valor global y que ni siquiera tiene garantías de éxito porque ya nada lo tiene.

Cuento esto porque recientemente he llegado a la conclusión de que soy un yonqui, esto es importante ya que siempre se dice que el primer paso para solucionar un problema es el reconocimiento de padecerlo, lo bueno es que no me siento sólo, estoy conociendo personas que tienen la misma adicción, que también se han dado cuenta de su afección y que quieren corregirla aunque no saben cómo. Soy yonqui porque soy adicto a cosas que sólo me producen frustración y malestar aunque también breves momentos de euforia, el sistema está muy bien diseñado para de vez en cuando proporcionar un pequeño chute de amor propio que genera una falsa sensación de plenitud y bienestar. A veces es un ascenso laboral, otras, una subida de sueldo y las más, un bofetón de adrenalina que te ayuda a descender unas aguas bravas contaminadas de estrés con la falsa creencia de que tu piragua - tu trabajo - es un salvavidas que te hace sentirte seguro y a flote en una posición aparentemente erguida a salvo de remojones. Te repites que tienes suerte, que no tienes derecho a quejarte, que todo va moderadamente bien y que irá mejor porque la lógica así lo indica, en tiempos de bonanza era el orden natural de las cosas tal y como nos las enseñaron, en tiempos de malanza  las cosas sólo pueden mejorar.

Y así andamos, drogados y adormecidos por nuestra propia estupidez, muertos en vida, inconscientes de la existencia de otros, sólo pendientes de nuestro propio apetito voraz y las ganas de regodearnos una vez que lo hemos saciado. Mientras tanto, ellos aprovechan nuestro letargo para cambiar las reglas del juego una vez empezado. Cambiará el significado de la educación y no pasará nada, la segregación será nuestra ignorancia y ésta arraigará su perpetuación. Empeorará nuestra salud y no pasará nada, las pandemias vendrán y serán su coartada liberticida. Gravarán la cultura con impuestos de lujo, ya lo han hecho, nos quedaremos sin ella, será el germen de una contrarreforma borreguil soportada por su cine, sus libros y sus obras teatrales o musicales, porque sólo ellos las podrán financiar. Nos seguirán forrando a impuestos porque ese es el nuevo patriotismo liberal, arruinar al débil para arrebatar definitivamente su peso económico y por lo tanto social.

Y cuando nos enfadamos así respondemos, narcotizados, cada cual con su cacerolada, pitada, sentada, marcha o huelga particular, reclamando justicia por lo suyo sin tiempo para reflexionar sobre lo ajeno y recordar aquello de la unión. Y unidos, así contestamos, convocando grandes protestas mayiles, manifestaciones o huelgas generales que nos llenan de orgullo alimentando portadas, titulares y comentarios en redes sociales. La protesta social convertida en un evento mediático con escaso contenido ideológico, nula creatividad propositiva y esperanza de vida efímera, su repercusión noticiosa sólo aguanta hasta el siguiente estornudo mercantil.

Esta es nuestra lisérgica forma de ver pasar el tiempo, así llegan y se olvidan los profesores de verde, los mineros de negro, los bomberos sin manguera, los funcionarios sin esperanza, los periodistas sin soporte, los cines sin espectadores y los políticos sin vergüenza. Así pasamos del carbón al "que se jodan", sin pestañear. Así ponemos de moda los conflictos para después encerrarlos en la hemeroteca. Así es de fútil nuestra información, así dirigen nuestra indignación, así desahogamos nuestra ira y así mientras tanto no pasa nada de nada. Es el arte de incidir en conflictos nimios para despistar del principal, es la capacidad de retro-alimentar una revolución descafeinada que ni es revolución ni es nada. Es el arte de convertir lo superfluo en vital haciendo de la primera depresión del siglo un "Sálvame" diario.

Sí, vivimos la era de la salvamización de la democracia, la futbolización parlamentaria, la re-unificación de poderes y la narcotización de nuestros sueños. Mientras, ellos observan desde la poltrona el fruto del trabajo bien hecho, el logro de construir una sociedad de yonquis sin reconocimiento de causa. De nuestra capacidad de insumisión colaborativa dependerá construir nuestro particular "proyecto hombre" conjunto.

martes, 3 de julio de 2012

Tarde, mal y nunca

Me gusta viajar, siempre ha sido una faceta fundamental de mi vida, he viajado por diversos motivos y siempre me ha ayudado a encontrarme y recordar quién soy. Cuando recorro un país desconocido y me mezclo con sus gentes descubro lo minúsculos que somos y la relación entre todos nosotros como parte integrante de un mismo ser.
Existen 194 estados reconocidos de los cuales la gran mayoría pertenecen al limbo del olvido permanente, yo, por ahora, sólo he tenido la fortuna de conocer en mayor o menor medida 37, suficientes para saber que la desaparición de cualquiera de ellos provocaría daños irreversibles a la salud del planeta. Tenemos tendencia a asumir que lo que no conocemos no existe o por lo menos es insignificante, también lo hacemos con nuestro cuerpo, pocas veces pensamos en nuestros riñones, brazos u ojos, hasta que un día pasa algo que nos hace valorar su importancia. Efectivamente podríamos vivir sin los órganos y miembros descritos pero sin duda, no en las mismas condiciones.
Desgraciadamente, alguno de los países olvidados, en ocasiones pasa a primera línea informativa y cuando eso sucede suele ser porque ha ocurrido un desastre, normalmente un conflicto bélico pervertido por la distancia de nuestra superioridad moral. Nuestra indolencia funciona como acelerante y cuando nos disponemos a ayudar llegamos siempre tarde, mal o nunca. En esas ocasiones, entre imágenes y noticias sangrantes, siempre asoma el mismo pensamiento fugaz: he ahí un país que jamás visitaré, esas son las personas que jamás conoceré.

TARDE
A estas horas, el norte de Malí está siendo masacrado por unos degenerados sin escrúpulos que someten a sus ciudadanos sin piedad, actúan con total impunidad y se sienten legitimados para hacer y deshacer a su antojo. Dentro de muy pocos días, muy pocos, todo el país quedará a oscuras bajo el manto de un enorme burka que lo hará desaparecer de la faz de la tierra y por supuesto de nuestros periódicos. En este mismo instante, esos salvajes que se han hecho con el poder están destruyendo vestigios arqueológicos que durante siglos han presenciado silenciosos el transcurrir de la vida en el desierto entre invasiones, peregrinaciones e intercambios comerciales. Tombuctú cae y con ella los sueños de los viajeros que allí pernoctaron y las ansías poéticas de libertad de quienes un día quisimos perdernos en un lugar recóndito al que ya, probablemente, nunca iremos, y si lo hacemos, probablemente, no quedará nada. La única ocurrencia para proteger los templos de Tombuctú ha sido incluirla en la lista de la UNESCO con décadas de retraso, no se espera ninguna intervención internacional en la zona y si llega será demasiado tarde. Mientras tanto, los extremistas se ríen de nuestra burocracia y declaran irónicos: "¿ONU?¿Qué es la ONU? Yo represento los designios de Allah..."
Ayer:
MAL
Si malo es llegar tarde, peor es hacerlo sabiendo qué sucederá, y lo sabemos. A principios de siglo intervenimos en un país ya destruido, en Afganistán lo hicimos mal, muy mal, allí encendimos la llama del radicalismo en el siglo XX para ejercer de bomberos en el XXI cuando la población ya había sido masacrada, las libertades fulminadas y su historia convertida en polvo. Hace poco, alimentamos un avispero en Asia y hoy repetimos la jugada en el norte de África tropezando dos veces en la misma piedra, pero como son sus piedras - pronto sólo quedará eso - nos hacemos los despistados.
Esta foto fechada en el año de mi nacimiento ya no existe:
NUNCA
Escribo en esta ocasión sobre los horrores de nuestro tiempo sólo mostrando la perfidia "monumental" porque mis retinas no pueden soportar la imagen de más dramas humanos pero no olvido que la verdadera tragedía sigue siendo el desprecio por la vida humana, parece que a medida que aumenta el peso demográfico de un mundo ya de por sí sobre-poblado, se devalúa el precio de la misma. No llegué a conocer ninguno de los dos países anteriores pero el año pasado sí pude visitar Jerusalén, una ciudad que aún mantiene en pie su grandiosidad histórica. Quizá algún día, aquellos que sólo adoran un muro decidan que el resto de construcciones son impías y opten por su destrucción, por el momento se limitan a aplastar a un pueblo hermano.



Esto sucedió esta semana según denuncia B'Tselem y poco me importa si fue un vídeo premeditado o no, sólo diré que en todo caso la patada es un hecho y el agredido podría ser mi hijo. El año pasado mi mujer y yo fuimos retenidos en la frontera terrestre entre Israel y Jordania. Allí, a dos pasos del muro de la vergüenza pudimos comprobar en persona la "amabilidad" de unos macarras vestidos de uniforme que no dudaron en privarnos de nuestros derechos más básicos durante más de dos horas, separándonos al uno del otro y quitándonos todas nuestras pertenencias, documentación incluida. Si nos trataron así  nosotros qué no harán con ellos. Allí simplemente suceden estas cosas porque no es que hayamos llegado tarde, no es que lo hagamos mal, es que no hacemos nunca nada.

En cuatro días parto a Rumanía, un nuevo sueño, una nueva aventura y seguro que nuevas gentes y costumbres por conocer. Cuando lo cuento, recibo una pregunta que no por repetida deja de sorprenderme: ¿Pero qué se os ha perdido en Rumanía? Es entonces cuando logro comprender la causa principal de parte de los problemas que asolan este extraño planeta que habitamos, se llama indiferencia, cuando no displicencia.

martes, 19 de junio de 2012

El valor de una sonrisa

Acrobatas en Conde de Peñalver
1930 - Archivo Rengel
Como estos acróbatas solías buscarte el pan en esta calle de Madrid, unos metros más adelante, un siglo más tarde. Recuerdo tu piel oscura, tus facciones amables, tu voz melosa y tu eterna sonrisa. Te acompañaban una caja de cartón y un número de La Farola plastificado y raído por el tiempo, añoro el instante en que por vez primera identifiqué tu muy particular versión del No woman no cry de Bob Marley, siempre me preguntaba si al entonarla recordabas a alguien en concreto.

Ayer quise conocerte, hace tiempo que pensaba en detenerme a charlar contigo, en invitarte a una cerveza y que me contaras tu historia, te confieso que últimamente ha dejado de interesarme lo macro y procuro cerrar foco y fijarme en esas pequeñas cosas y personas que, cómo tú, nos rodean y sin embargo, por acción u omisión, pasan desapercibidas. Dos años viendo tu indefinible e incansable "baile de San Vito", dos años escuchando las mismas estrofas ininteligibles, dos años observando como todos los que pasaban junto a ti ralentizaban el paso y esbozaban una sonrisa por lo menos comparable a la que tú nos regalabas hace tanto tiempo. Dos años pasando junto a ti y cuando ayer por fin me decido a conocerte ya no estabas, hoy tampoco.

¿Cómo sería tu vida?
¿Cuán ardua tu epopeya?
¿Por qué viniste?
¿Por qué ya no estás?

Puedo imaginar por el color de tu piel que llegaste de ese lugar impreciso, que tan imprecisamente nos preocupa llamado... Perdón por el lapsus pero desconozco el nombre del lugar porque en realidad ese sitio no se llama, si bien todos los que venís de allí sois subsaharianos que yo sepa aún no hay un país llamado Subsahara, ni siquiera Sahara del Sur. Por eso quería charlar contigo, por un mero impulso curioso, la primera duda a resolver era conocer tu nacionalidad, tu patria, tu pueblo, tus orígenes en definitiva. Tras esa primera pregunta llegaría lo demás, quizá me hubieras hablado de la guerra de la que huiste, quizá de los problemas económicos que te llevaron a buscar más allá del horizonte un futuro despejado o puede que me hubieses narrado tu larga travesía por desiertos, mares o montañas. Lo que es seguro es que, de tenerlos, me hubieses hablado de tus hijos, de tu esposa, de tus padres, hermanos y amigos, de lo que allí dejaste, en definitiva.

Pero claro, también te hubiese preguntado por lo que aquí encontraste y me hubiese gustado que me contestases que nuevos amigos, gente amable, comprensiva y solidaria. Me podrías haber dicho que estabas construyendo un nuevo futuro, que aparte de esa esquina tenías un trabajo nocturno, que pronto cambiarías la habitación de un albergue por un pequeño piso dónde poder traer a los tuyos, que tu permiso de residencia iba por buen camino gracias a la presteza de nuestras administraciones. O también puede que me hubieses contado que estabas aquí con tu familia, que tu hijo había sido aceptado en los infantiles del Madrid tras realizar una pruebas o que te habían contratado como animador en un afamado club de Jazz. Aunque siempre es más probable que me contases que vivías a la intemperie, atemorizado día y noche porque algún desalmado te hiciese alguna jugarreta o aún peor, porque llegasen unos policías, te reclamasen unos papeles inexistentes para luego encerrarte en una de esas cárceles diseñadas para quienes no han cometido ningún delito.

Hoy no sé dónde estás, sólo deseo que no sea en uno de esos lugares ajenos al derecho que son la última escala de un viaje y el último recuerdo de un país que durante un tiempo fue tu hogar, el último instante de un proyecto de vida del que te despides momentos antes de ser deportado y depositado en algún lejano territorio que ni siquiera es el tuyo porque nunca nadie llegó a saber de dónde venías. Por favor, de ser así, no nos odies, aunque me consta que tu rostro era incompatible con ese sentimiento porque probablemente no lo has sufrido, aún así no nos lo tengas en cuenta. Debes saber que a nosotros nadie nos ha preguntado por ti, nadie se ha molestado en saber lo felices que nos hacía tu presencia y ni siquiera nadie nos ha preguntado si aceptamos que nuestro dinero se utilice para perseguirte y pagarte tu viaje de vuelta a ninguna parte. Por supuesto nadie, tampoco, nos preguntó jamás por el valor de tu sonrisa, querido amigo, porque en este lugar al que viniste ya nada tiene valor excepto lo que se puede medir en las frías pantallas de un sórdido edifico donde lo único que brilla son los tablones de un impoluto parqué y los ojos codiciosos de sus moradores.

Estés donde estés, buena suerte amigo, algún día espero que la fuerza de tu voz y tu sonrisa sean capaces de derribar el muro de la indecencia, yo jamás las olvidaré porque aquí sólo queda una gris fachada, un horrible escaparate y un enorme vacío, el que tú has dejado.



PD: Si veis a este hombre avisadme y si veis a alguno similar permitíos el lujo de avisar a vuestra conciencia, puede que merezca la pena la utopía del encuentro.

jueves, 14 de junio de 2012

¿Una tienda en Serrano?

Lafkir Kaziza
Cada día paso por la Calle Serrano de Madrid, la recorro tan veloz como me permite mi moto y la normativa municipal de tráfico, es la rutina previa a poder disfrutar de mis hijos la hora y media que me queda antes de que deban ir a la cama. Cada jornada laboral, acudo puntual (o no) a la singular peregrinación de esta extraña vida urbanita estructurada en tiempos compartimentados que nos toca vivir a los que aún conservamos nuestro puesto de trabajo. Absorto en mis pensamientos apenas dejo libertad a mi percepción para realizar una composición de lugar del entorno que me rodea salvo que tenga la fortuna de que un semáforo me ordene parar, entonces observo.

Eso sucedió hace unos días, me paré, observé y vi que allá por el número 188, entre las casas lujosas del único barrio de Madrid en el que el precio del metro cuadrado no ha sufrido ninguna modificación durante esta ya larga travesía del desierto, había un pequeño campamento saharaui improvisado. Supe que era saharaui por la bandera que lo adornaba y por la ubicación del enclave, justo frente a la opulenta embajada de Marruecos, enseguida concluí que si esas personas se encontraban ahí debía tratarse sin duda de algún tipo de reivindicación. Más tarde, cuando el semáforo me dio la salida deduje que el acto cívico de protesta podía estar relacionado con el secuestro masivo del pueblo saharui entre un muro de 2000 kilómetros y campos minados o al hacinamiento en Tinduf de 150.000 ciudadanos que han puesto tierra de por medio para protegerse de la furia Alauí. Para entendernos, 150.000 almas llenan dos Bernabéus, en este país o hablas en cristiano de fútbol o no te entiende ni dios, espero se me disculpen las ironías.

Los días siguientes seguí pasando de largo aunque ralenticé el ritmo para poder leer sus carteles y ver sus rostros, hasta ayer. Ayer pensé que si estos convecinos llevaban ahí tantos días debía ser por algo importante y que ese algo quizás mereciese la pena ser escuchado entonces me detuve, saludé, me presenté, pregunté y me invitaron a sentarme y menos mal que me senté. Allí varias persona de toda índole acompañaban a un joven que será el protagonista eventual de esta historia aunque en realidad lo sean todos, los que estaban, los que no, los ya fallecidos, los detenidos y todos los que apiñados entre minas y muro aguardan un incierto desenlace. Nosotros con nuestra complicidad probablemente sólo somos sus antagonistas.


Ayer conocí a Lafkir Kaziza un hombre de 21 años en huelga de hambre desde hace dos semanas en protesta por la detención arbitraria de sus compañeros y amigos por los cuerpos de inseguridad marroquíes. Un hombre que sólo desea saber por qué no puede ser saharui, por qué le han sometido a torturas, por qué si hay convenciones internacionales que rigen los derechos de asesinos nadie cumple los que protegen a los inocentes, por qué, en definitiva, no tiene los mismos derechos que yo. Un hombre que pone en riesgo su vida para salvar la de sus camaradas. Un hombre del que no había oído jamás hablar en ningún medio de comunicación a pesar de que según me dijo muchos periodistas han pasado a verle. Están ahí, frente a la casa de su agresor, frente a la puerta de su captor para preguntar pacíficamente - si no fuesen pacíficos habría policía - por qué y hasta cuando, sobre todo hasta cuando porque una vez esto termine ya no querrán ni saber los motivos de la ignominia, eso será cosa de tribunales. Están ahí para pedir un acuerdo de mínimos, conseguir que los apresados en las cargas de Gdeim Izik, nos remontamos a 2010, sean juzgados por el código civil y no militar para evitar una muerte segura. Curiosa paradoja la de pedir un juicio justo para quien no ha cometido ningún delito más allá de solicitar una libertad negada. Yo por mi cuenta, me limitaré a preguntar en su nombre, y lo haré no ya a Marruecos que no es muy proclive a responder nada, lo haré a nuestros mandatarios, a nuestras desunidas naciones ¿Por qué una vez más no hacemos nada? Quizá estéis tratando de ganar tiempo pero no tardéis porque el suyo se acaba, puestos a rescatar, he aquí otra nación que necesita nuestro rescate urgente.

Al igual que en Serrano hay algo más que tiendas y adinerados compradores, deberíamos descubrir que en el Sáhara hay mucho más que independentistas y supuestos terroristas. Podemos aborrecer los nacionalismos, las fronteras y las banderas pero nunca debemos olvidar que someter a alguien y obligar a que pertenezca a un lugar al que no pertenece y con el que no le une ningún lazo familiar, afectivo o cultural se llama secuestro y apartar a los disconformes se llamó apartheid, eso es lo que hace Marruecos levantando muros y minando campos. Sometidos desde el Siglo XV, conquistados y reconquistados pero nunca libres, nadie tiene derechos adquiridos sobre las tierras - por eso mutan las fronteras - pero mucho menos sobre sus habitantes. Los países no son más que uniones temporales de individuos basadas en el acuerdo tácito de buscar en conjunto un bien común que ayude a que tanto ellos como sus descendientes puedan crecer con garantías de paz y bienestar. Si el pueblo saharui se niega a pertenecer a ninguno de los países vecinos - con Mauritanía las relaciones no fueron mejores - es simplemente porque éstos no buscan confraternizar y repartir sus riquezas para ayudarles a construir un futuro mejor. Ellos, los invasores, lo único que quieren es expoliar sus tierras y masacrar a sus gentes porque geo-estratégicamente les resulta beneficioso o porque el ego de un mandatario cruel va en ello.

Conviene no olvidar además que Marruecos lo gobierna alguien que por sus raíces para muchos sigue siendo un extranjero, un Rey que cuelga sus fotos por doquier para que sus súbditos no olviden quien manda, un Rey que prefiere construir muros a escuelas. Para mí, en todo caso esa tierra siempre será Bereberia, y no sólo me refiero al Sáhara Occidental, sino a gran parte del sur de Marruecos y otros territorios también habitados por bereberes, un pueblo amable y hospitalario. Bereberia, un término que acuñó hace ya una década mi amigo Juan con quien durante un tiempo tuve el placer de compartir anhelos y vivencias, un amigo que siempre ha tenido claro que el nacionalismo cerril sólo se combate con cultura.



Lafkir está aquí, justo aquí, podemos parar y preguntar o seguir nuestro camino hacia una siesta perenne ya sólo interrumpida por alguna que otra fluctuación bursátil. Yo ya he conocido a Lafkir y no puedo abandonarlo, si queréis descubrir su historia no tenéis más que acudir mañana a las siete de la tarde a las puertas del Ministerio de Asuntos Exteriores, no es baladí, el 85% de las solicitudes de asilo político son denegadas, de no atender las demandas de Lafkir, él no necesitará juicio porque ya le habremos sentenciado.

Ayer no llegué a tiempo de disfrutar de mis hijos pero fue sólo un día, las madres de Lafkir y sus 22 compañeros no saben si podrán volver a disfrutar de los suyos, eso puede que en parte dependa de nuestra capacidad de parar, escuchar y alzar la voz.


Toda la información sobre su historia y su lucha en:
http://huelgakaziza.blogspot.com.es/
http://defiendealrefugiado.com/country/23/videos/huelga-de-hambre-de-lakfir-kaziza



PD: Dedicado, por supuesto, a Lafkir para que su lucha sea fructífera y sus demandas atendidas. Dedicado también a Alí, otro amigo del desierto con quien tuve la ocasión de compartir risas y utopías entre los muros de su hogar, un hogar que fugazmente también fue el mío.

jueves, 7 de junio de 2012

Fadhua

Fadhua
Pronto hará un año que conocí a esta niña en Jordania. Llevábamos tres horas caminando empeñados en encontrar un templo alejado del centro arqueológico principal de la antigua ciudad de Petra. Hacía rato que no veíamos a nadie cuando apareció ella, sonriente, descalza, corriendo, saltando, preciosa. La Niña se sorprendió al vernos, no debía ser muy común que llegasen viajeros a ese lugar, por supuesto se ofreció a ayudarnos a encontrar el sitio del que sólo teníamos una breve referencia en la Lonely Planet y ninguna indicación demasiado concreta. Al final lo encontramos y para ser sincero, sin desmerecer la belleza del entorno, lo más bonito que había allí seguía siendo la Niña, el templo por sí sólo no hubiese jamás justificado semejante caminata.

Sin embargo aquel trekking - ¡qué poco me gusta esta palabra! - fue una de las mejores experiencias de ese viaje y lo fue porque conocimos a la Niña, charlamos con ella, reímos con ella, nos mostró cada recoveco de su poblado. Vivía allí, en un pueblo excavado en la roca, una zona "viva" en la milenaria y supuestamente deshabitada Petra. Gracias a ella descubrimos más tarde que los autóctonos de esa tierra tienen permiso gubernamental para morar en ella, un lugar del planeta cuyo conjunto monumental es con justicia una de las Maravillas del Mundo, aunque para ellos sólo sea su hogar. Conocimos a su madre, una mujer curtida por los rigores del desierto, por haber dado a luz a no sé ya cuantos hijos, una mujer de mediana edad con aspecto de venerable anciana. Tomamos té, repartimos los huevos duros, cruasanes y bocadillos que convenientemente habíamos sisado esa mañana en nuestro hotel. Entonces, llegaron los sobrinos de la niña, poco menores que ella, y al olor de unos caramelos Smint aparecieron por doquier más y más niños extrañados por ese curioso sabor a menta que les producía un picor seguramente indescriptible. Y llegó su hermana, madre de algunos de los niños que nos rodeaban, mostraba cierto enfado en su rostro, imagino que quería saber quienes eran esos forasteros que rompían la paz de su pausada existencia ofreciendo cosas que ella nunca más podría ofrecer. Tras conversar con la anciana que no era anciana, su hija que también era madre dulcifico el semblante y se unió a nosotros. Después nos fuimos, dejando atrás un momento imborrable y las amplias sonrisas de unos niños para quienes, espero, ese día también fue inolvidable.




¿Y por qué contar esto hoy? Lo cuento porque todas las personas que encontramos tenían nombre aunque sólo sea capaz de recordar el de la niña, ella se llamaba y se llama Fadhua. Además de nombre propio tenían padres, madres, primos, sobrinos, hermanos y amigos, exactamente igual que nosotros y que sus vecinos sirios, esos a los que Bachar al Asad está aniquilando sin piedad en las provincias de Hula y Hama. Niños, jóvenes, mujeres y hombres que ya no podrán ayudar a ningún turista, si es que algún día los turistas pueden regresar a admirar Damasco o Palmira. El dictador está practicando con su pueblo el peor de los terrorismos, la peor de las pesadillas, la de tener al enemigo en casa y no encontrar forma de huir ni modo de echarlo porque nadie te auxilia. Lo cuento hoy porque estas niñas sirias fotografiadas ayer me han recordado a Fadhua y quisiera soñar que al menos tendrán mañana las mismas garantías de supervivencia  que tiene Fadhua.


Ayer Al Asad, además de perpetrar un nuevo crimen, cometió una afrenta contra la comunidad internacional en su conjunto asesinando mientras aún seguía fresco el aroma a fracaso que había dejado el emisario de paz Kofi Annan antes de abandonar del país. ¿Podemos tolerar esta barbarie durante un sólo segundo más? Podemos pero seremos idefectiblemente cómplices del genocidio. ¿Se atrevería el caudillo irónicamente licenciado en medicina a saltarse a la torera el juramento hipocrático y los derechos humanos si desplazásemos a los Cascos Azules? O se toman decisiones rápidas prescindiendo de las siempre insolidarias actitudes de Rusia y China o quizás seamos los ciudadanos quienes debamos tomar la iniciativa y desplazarnos allí en masa a modo de escudos humanos, por "utopiar" que no quede.

Todos estamos conectados, si no hacemos lo posible por defender los derechos de las Fadhuas de este mundo nadie más podrá disfrutar de una jornada como la que yo disfruté hace un año, un día que quedó almacenado en mi conciencia como uno de los mejores de mi vida. Ahora pensemos si lo que está sucediendo en Siria causa o no causa perjuicios globales...

PD: Dedicado a todas las Fadhuas de aquí y de allá